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Los Camineros

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En sus inicios, los Camineros, a pesar de ser renegados, eran acogidos por el pueblo, que los ocultaba de los Ennas, los guardias de las tierras de Sienh, que atrapaban a cualquiera que se declarara abiertamente caminero. En sus inicios, un Caminero luchaba por cambiar a la clase dirigente, ayudaba al desfavorecido y despreciaba al noble, así como sus riquezas; eran una orden honrada, a la que era tremendamente difícil acceder. Se llamaban Camineros porque vivían “del camino, para el camino y por el camino”, es decir, que limpiaban los caminos y los protegían, así como protegían todo aquello que estuviera atado al camino (bosques, pueblos, ríos...). Ahora sólo unos pocos eran realmente Camineros y debían estar mucho más convencidos que antes al declarar serlo, pues solamente algunos eruditos y nostálgicos recordaban a los verdaderos camineros. Y todo por culpa de los Lord de Sienh y del Emperador, que habían mandado mercenarios a destrozar pueblos enteros en nombre de la orden y atacaban a cualquiera que pisara el camino, menos a nobles, por supuesto.

Mientras Athor se mantenía sumido en estas cavilaciones, ajeno al agradable calor de la posada y la música, la joven pelirroja se acercó a él desde detrás de la barra, posando delicadamente frente a él un cuenco con estofado y una cerveza. Athor levantó la vista, casi molesto de que lo sacaran de sus ensoñaciones, pero suavizó su expresión al ver a la chiquilla, que lo observaba curiosa con unos ojos negros en los que no se distinguía casi la pupila del iris, y que bajó rápidamente la vista con timidez mientras murmuraba un escueto «Aquí tiene». La muchacha se retiró velozmente, mientras el posadero volvía a chillarle que no se entretuviera, y Athor se quedó allí, viendo esos ojos en su mente, y figurándose la edad de la joven, porque, a pesar de su rudo aspecto, Athor había cumplido hacía apenas un par de lunas los diecinueve. Así, supuso que la chica debía tener unos quince años, pues tenía aún cara de niña y manos delicadas, además de ser un poco bajita; y el largo delantal impedía que el aventurero pudiera distinguir demasiado bien su figura. Parecía que ese delantal había sido de su madre, pues le iba enorme, como si fuera una niña que se disfraza con la ropa de mamá.

El cuenco se vació en poco rato, y la cerveza lo hizo todavía más deprisa, si cabe, pero la pelirroja camarera siempre le llenaba la jarra, con una pequeña sonrisa en su pecosa cara, hasta que Athor empezó a notar los efluvios del alcohol y decidió apartar la jarra de sí.

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