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La historia de Sir Pabion

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Sir Pabion era el hijo de un erudito, un sabio como los que ya no existen, de aquellos que conocían los secretos más oscuros del corazón de la gente con sólo mirar, de los que hablaban de verdadera magia. Tal era su fama, que el Emperador convocó un día al erudito en su presencia, pues su hijo estaba enfermo, y él era uno de los mejores médicos que se podían encontrar. El pequeño Pabion, en calidad de ayudante, acompañó a su padre, que pudo ver en cuanto entró en la estancia que el joven moriría, y así se lo comunicó al Emperador. Pero el Emperador era un hombre regio y el pobre padre de Pabion había sido brutalmente sincero, así que el gobernante se mostró reacio a creer que el sabio hubiera visto algo tan demoledor en tan poco tiempo. Creyó que el hombre simplemente no quería sanar a su sucesor. Así que, acusándole de traidor y de blasfemo, mandó encerrarle para ser juzgado más tarde, junto con el pequeño Pabion.

Fueron mandados a la fría mazmorra y arrojados en el interior de una celda, como si de perros se tratara. El musgo cubría el suelo de piedra y, en un rincón, mugriento y sucio, había un pequeño orinal, que parecía un amasijo de hierro que se hubiera quedado pegado a la piedra por quién-sabe-qué extraño suceso. Poco a poco, los días fueron pasando, y padre e hijo subsistían gracias a las gachas pastosas y con sabor a barro que les pasaban por la rendija de la puerta y al odre de agua, que seguro era estancada. El padre de Pabion era un hombre mayor, ya que el pequeño era el menor de nueve hermanos, y sufría problemas nerviosos y terribles jaquecas. Una noche, Pabion se despertó para comprobar que su padre, en espera del juicio al que debían someterse creyendo que las leyes serían cumplidas, yacía muerto. Sonreía, y en su puño tenía un pequeño trozo de tela de su capa con algo escrito: “Debes VIVIR; defiende lo que es nuestro”. A la mañana siguiente, cuando los guardias fueron a sacar el cadáver arrugado de la celda, el joven huyó, nadie sabe cómo. Unos dicen que había heredado el poder de su padre y hechizó a la piedra para que le abriera paso; otros dicen que mató a todos los guardias con sus manos, convirtiéndose en una especie de bestia; pero lo que se sabe con certeza es que corrió como nunca había corrido, cómo si fuera el viento escapándose por la rendija de una ventana, cómo si fuera un animal salvaje.

Y fue gracias a esto, y por culpa de esto, que sir Pabion decidió tomarse la justicia por su mano. Ya que nadie haría nada por el pueblo, por el oprimido, por el desvalido, por los campesinos y artesanos con pocos recursos, él mismo sería la Ley, y no permitiría que cosas como las que le habían sucedido a su padre se volvieran a repetir, fundando la ya olvidada orden de los Camineros, los defensores de los plebeyos y del pueblo.

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