V de Vombilla

Calidad y Maravilla

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Expertos de lo impensable

Melia

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Aquí tenéis el tercer fragmento del fantástico relato creado por Vioria, nuestra colaboradora escribística. Echadle un vistazo a los dos anteriores si aún no habéis empezado a recorrer El Camino, con nuestro protagonista Athor. Cada día estamos más contentos con esta chica. ^^
 De pronto un grito cruzó la posada, y la joven camarera, con una rapidez que casi parecía sobrenatural, saltaba por encima de la barra, dejando caer el delantal sobre ésta.

- ¡Melia, fin de turno! 

Todas las miradas se dirigieron hacia la joven que subía corriendo, como poseída por un demonio, las escaleras de la posada en dirección a sus habitaciones y los comensales que quedaban empezaron a sonreír y comentar algo en voz demasiado baja para que el Caminero entendiera nada. El posadero se sentó junto al joven y, pasándole un brazo por el hombro como si se tratara de un padre que cuenta una historia susurrada a su hijo, le dijo:

- Melia puede ser un poco parada cuando se trata de servir, pero cuando termina su turno se convierte en una ninfa. Lo juro.
- ¿Una ninfa? -Athor desvió la mirada hacia las escaleras, recordando el salto que había hecho la joven al salir de detrás de la barra.
- ¡No, hombre! ¡Es una manera de hablar! -contestó el posadero entre sonoras carcajadas, cargadas de olor a cerveza-. A Melia se la conoce por aquí con ese sobrenombre, porque cuando se la libera de su tarea baila y canta igual que si de una ninfa se tratara. Realmente hechiza a cualquiera que la mire, ¡es una maravilla! 

Athor se giró y miró silencioso al posadero, con la mirada mostrando su ansia por verla en acción, a ver si realmente era para tanto aquella muchacha de apenas quince años. De nuevo se hizo el silencio en la posada, y las miradas se dirigieron otra vez hacia la escalera, esta vez para contemplar algo muy distinto. Una chica que debía tener unos veinte años bajaba los escalones despacio, con delicadeza, rozando solamente la madera, que ni siquiera se atrevía a crujir debajo de ella, haciendo que aquellos que la veían creyeran que ella flotaba. Llevaba los oscuros ojos rodeados de finos polvos amarillos, y los labios también oscuros, otorgándole un aspecto salvaje, con el rostro enmarcado por unos tirabuzones pelirrojos que sabían exactamente cómo y dónde colocarse. Sus sinuosos pechos enfundados en una blusa verde claro, con unas mangas sueltas sujetas en los puños por un botón que se ajustaba perfectamente a sus pequeñas muñecas. Dejaba su ombligo al descubierto, mostrando una piel pálida como la luz de la luna, y justo por debajo, un cinto marrón se ceñía a sus caderas y luego las liberaba en una falda del mismo tono que la blusa, que le llegaba hasta un poco más arriba de los tobillos y mostraba sus pies desnudos. Mientras ella bajaba, sólo podía oírse una suave melodía canturreada que parecía salir de todos los rincones de la posada, pues hasta el piano había enmudecido. Athor se dio cuenta entonces de que aquella joven con aspecto de ninfa no era otra que Melia, que parecía haber mutado al ser liberada, tal como le había prometido el hombre. Sus ojos ya no mostraban timidez alguna, sino que miraban desafiantes a la gente allí congregada, y sus carnosos y oscuros labios mostraban una sonrisa pícara que hubiera sonrojado hasta a una mujer. La melodía no surgía de otro sitio que de su propia boca, que rozaba notas que el Caminero no había escuchado jamás así. Al fin, la joven llegó al suelo y, con una voz clara que no daba pie a discusión chilló «¡Vamos Tass, tócala!», reanudando el ritmo normal de la posada.

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