V de Vombilla

Calidad y Maravilla

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Expertos de lo impensable

Ebriedad

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«Y hasta aquí llega esta historia, hasta aquí puedo contaros y hasta aquí os contarán»

Poco a poco, la voz de Melia se fue extinguiendo, como el fuego en una chimenea cuando olvidas echar más madera, suavemente y sin prisa. La posada seguía en silencio, y sólo se podía oír la respiración de los presentes y la lluvia que suavemente caía sobre los cristales y repicaba armoniosamente, danzando en los oídos. Melia levantó la vista para encontrarse con los ojos de Athor, que la contemplaba fijamente, intrigado y con una mirada interrogadora en sus ojos. Quería preguntar tantas cosas... Pero quizás había bebido demasiado cómo para aventurarse a nada.

Los dos se contemplaron largamente, y finalmente el Caminero se encogió de hombros y se dio la vuelta, rindiéndose en el duelo de miradas y dispuesto a tomar un baño y dormir la mona. Melia sonrió juguetona, pero se quedó allí, comprobando como el joven subía las escaleras con alguna dificultad, para perderse en el mar de sus sábanas. Seguidamente, se giró hacia el público e hizo una reverencia, interrumpiendo el tenso silencio y liberando a los presentes del hechizo de su voz, que rompieron en aplausos y cumplidos. Ella les miró con una sonrisa y, cuando acabaron de ovacionarla, se giró hacia el pianista y asintió, retomando las canciones populares y el espíritu jovial reinante antes de su historia. Cuando el posadero quiso acercarse a ella para darle la enhorabuena por su actuación, Melia ya no estaba allí.

Athor tenía un embrollo considerable en la cabeza, y el alcohol no ayudaba en absoluto. Abrió el grifo y dejó correr el agua un poco, para luego meter un pie y comprobar la temperatura de la misma. Perfecta. Se quitó la camisa y se dejó una toalla allí mismo, metiéndose bajo el agua perezoso y remolón. No podía dejar de pensar en Melia, en su baile y su canción, en su voz hipnótica... Y pensaba también en su cometido, en su viaje para llegar a ser un Caminero de verdad y en la historia de Sir Pabion, que había contado la pelirroja, sin poder evitar que sus ojos oscuros volvieran a su cabeza. Se sacudió un poco, dejando que su pelo le golpeara y que el agua corriera por todo su cuerpo, olvidando por un momento dónde estaba y qué debía hacer, siendo Athor, el jovenzuelo de Poces, el hijo del herrero.

Tras un baño refrescante que consiguió que el joven dejara de sentir los efectos de la cerveza haciendo que la sangre de sus venas pareciera espesa como la mantequilla y dejándole sólo con unas tremendas ganas de echarse a dormir, Athor salió del agua. Recogió la toalla y se secó el pelo y el torso, para después envolverla alrededor de su cintura. Se paró delante del pequeño espejo para comprobar su aspecto y empezó a pensar en la aventura en la que se estaba embarcando, sin siquiera sospechar que aquella noche no podría dormir tanto como querría...


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